De todos los regímenes políticos experimentados y puestos en práctica a lo largo de la historia de la humanidad,
el régimen democrático es el más justo.
La caída del Muro de Berlín, desencadenó la Revolución de Terciopelo, que creó un
“efecto domino” para el derrumbe de las dictaduras satélites de la Unión Soviética. Estos regímenes totalitarios eran de ideología de izquierdas. En nuestro país, existe una extendida corriente de opinión, en la que se afirma que las dictaduras sólo son de derechas. Un claro ejemplo, es el caso de Cuba, dictadura más longeva del planeta, a la que nuestro gobierno llama, cariñosamente,
“Régimen Revolucionario”, y a su dictador Fidel Castro,
“Comandante”.
Las dictaduras pueden ser de cualquier tendencia política.
Los países de Europa del Este han ido incorporando a sus gobiernos la democracia, como ocurrió en España hace tan sólo treinta años. En sus inicios la democracia viene impuesta de arriba a abajo, es decir, de la clase dirigente, de los movimientos sociales, de los sindicatos, de los intelectuales… Se trata de articular una joven democracia que se pone al servicio de todos los ciudadanos. Será el paso del tiempo y la responsabilidad con la que los ciudadanos ejerzan sus derechos y obligaciones democráticas, lo que invertirá el proceso, llegando a una democracia con mayúsculas, que emanará de abajo a arriba. Llegado este momento aparecerá la autentica soberanía de la voluntad del pueblo, que se transmitirá a todos los estamentos, que configuran el poder del Estado. Cuando esto sucede, podemos decir que la democracia ha alcanzado su mayoría de edad.
A raíz del 14 M, se ha producido en España, un giro de 180º en tres pilares fundamentales de cualquier régimen democrático: Seguridad Nacional (Pacto Antiterrorista), Política Interior (Organización Territorial, Estatutos conflictivos con ciudadanos de 1ª y ciudadanos de 2ª), Política Exterior (Alineamiento con Países con mandatarios populistas, Venezuela, Bolivia…).
Este inesperado giro ha producido un malestar en gran parte de los Españoles. Desde diferentes medios de comunicación, se está llevando a cabo una campaña propagandística dirigida a la utilización del voto. El otro día escuche, en una emisora de radio a unos tertulianos, hacer un análisis político, de la actual situación de desencanto, de los ciudadanos respecto a nuestros dos grandes partidos políticos. Es evidente, que existe una amplia mayoría de ciudadanos que no tienen definido su voto. Probablemente lo decidan en función de los últimos acontecimientos cercanos a las elecciones (prueba de ello los días posteriores al 11 M).
En esta tertulia, ante este desencanto, se proponía irresponsablemente, como medida de castigo de los ciudadanos hacía los partidos políticos, la
ABSTENCIÓN. La abstención no castiga a los partidos políticos, puesto que una gran abstención con una muy baja participación, no evita a ningún partido alcanzar la Presidencia y el Gobierno de un país.
Nuestra democracia es representativa. Los ciudadanos delegamos en nuestros representantes, gran parte de nuestros derechos democráticos, dejando en sus manos la toma de decisiones que afectarán a nuestra vida diaria (Política Municipal, Política Autonómica, Seguridad Nacional, Política Fiscal, Política Económica, Política Exterior…).
Por este motivo la abstención al que castiga es al ciudadano, privándole del único instrumento que posee para elegir a sus representantes. La forma responsable y democrática de castigar a los partidos políticos, es la no revalidación del voto hacía ese partido. Ni abstención, ni voto en blanco, ni voto nulo, nuestro principal derecho y responsabilidad es votar.
Ciudadanos, hay que VOTAR.
Maider Suárez